Creo que toda persona que escribe, al final lo acaba haciendo del lugar donde vive, del lugar donde crece, del lugar que le alimenta las ganas y que le jode las ilusiones a veces, por qué no decirlo.
Siempre que el día es muy cálido, la casa está fría. Como el fondo del mar y sus incorruptibles 4ºc, como la soledad cuando enfría el corazón. Como mi cama cuando no la tengo a ella. Como los oídos cuando te retiran la palabra. No corre la típica brisa sino viento, susurra por las calles, juega con las palmeras, y no con los árboles. Trae palabras, se lleva suspiros. Llega a la ventana el maldito olor a mar. Aún viviendo en ciudad alta. Está ahí en mi nariz. Meciendo la nostalgia como mece a los peces. Ay el mar, que me apena y me enreda en sueños como enreda de algas los pies de los que se atreven a empaparse.
Rent a Mind
miércoles, 3 de abril de 2013
viernes, 8 de marzo de 2013
Algo es seguro
- Oye, si un árbol cae en un bosque y no hay nadie cerca para escucharlo, ¿hace ruido el árbol?
- Por supuesto.
- Pero, ¿cómo lo sabes? No hay nadie cerca, ¿cómo lo demuestras?
- No necesito demostrarlo, cuando un árbol cae al suelo hace ruido, haya alguien para percibirlo o no.
- Pero cuando no hay nadie cerca para verlo, quizás decida que no tiene que hacer ruido, no hay público ante el que hacer un sonoro crack. Mira a las personas, cuando nadie las ve no se comportan tal y como son cuando hay gente delante.
- Y por eso me gusta la naturaleza y los jodidos árboles, y los animales, porque siguen las leyes de la física, tienen códigos, normas y las siguen a raja tabla. El universo es, lo mires o no, es más le importa un carajo que lo observes. Las personas no, somos antinatura.
- Por supuesto.
- Pero, ¿cómo lo sabes? No hay nadie cerca, ¿cómo lo demuestras?
- No necesito demostrarlo, cuando un árbol cae al suelo hace ruido, haya alguien para percibirlo o no.
- Pero cuando no hay nadie cerca para verlo, quizás decida que no tiene que hacer ruido, no hay público ante el que hacer un sonoro crack. Mira a las personas, cuando nadie las ve no se comportan tal y como son cuando hay gente delante.
- Y por eso me gusta la naturaleza y los jodidos árboles, y los animales, porque siguen las leyes de la física, tienen códigos, normas y las siguen a raja tabla. El universo es, lo mires o no, es más le importa un carajo que lo observes. Las personas no, somos antinatura.
martes, 5 de febrero de 2013
Cuevas pintadas
Había llovido tantas veces antes, que ya parecía que estaba bien que se quedara todo empapado. Estar encharcado por dentro es algo difícil de explicar. Yo no lo veía del todo claro. A la gente no parecía importarle, por tanto parecía no importarme tampoco a mí. En el fondo no era un mal sitio donde ir cuando estás a solas contigo mismo. A pesar de las goteras y algo de oscuridad, claro. Uno no sabe como de rápido pueden crecer las humedades. Y eso fue lo que pasó.
Aunque a la gente no le importaba entrar, y pasar algo de frío, a mi sí. Aunque la oscuridad no es algo que asuste a todo el mundo, es más algunos la encuentran confortable, a mi comenzaba a parecerme demasiado monótona. Escapé de aquel lugar. Dejé todo allí dentro. Dejé que todo se congelara. Que las humedades crecieran y crecieran. Y que lo que fuera que viviera allí dentro creciera. Me tomé unas vacaciones de mí mismo. Exploré las posibilidades que habían fuera. Como quien acompañado de un agente inmobiliario va mirando casas donde vivir. Fuí explorándoos uno a uno. Muchos estabais tan oscuros como yo. Algunos eráis una pocilga. Otros, es una pena, estabais vacíos. Y no os importaba vivir solo para los demás. Sin tener si quiera un colchón en el suelo cuando os encontrabais a solas. Porque en realidad temíais más que yo quedaros a solas con vosotros mismos. Aún así, entre tanto desastre, también estaban vuestros rincones llenos de música, de arte, de trastos, de recuerdos, de luces y de color. Eráis tan completos que no cabía allí dentro. No sabía tampoco si quería encajar en todo aquello. ¿Era la vida tan repleta algo para mí?
Algunos fuisteis solo lugares de paso. Y lo sabíais, vuestro interior era una estación, un puerto, un aeropuerto. Por allí pasaban personas de todo tipo, para poco tiempo después, partir. Una estación no es lugar para nadie y a la vez lo es para todos. Me sorprendió entre tanta andanza encontrar una hoguera en el camino. Una que a pesar de su modesto tamaño y brillo, era lo suficientemente brillante como para atraer a insectos como yo. Y era lo suficientemente cálida para no llegar a pasar frío nunca. Al lado de la hoguera estaba ella, la dueña de la hoguera. Tarareaba una canción mientras se calentaba las manos. Era solo ella y la hoguera. No había nadie más allí. Ni gente de paso. Ni demasiado cachivache. Habían algunos trastos viejos. ¿Quién no guarda un poco de lastre? Me dije a mí mismo.
Le pregunté que si podía sentarme junto a la hoguera sin hacer mucho ruido. Y ella aceptó con una sonrisa. Cuando reuní el valor suficiente, le pregunté si podía quedarme allí. Le expliqué porqué no podía volver a mí mismo y se negó en rotundo. Pero lo que vino a continuación fue lo que necesitaba y aún así no esperaba habérmelo imaginado nunca.
Caminé con ella hasta aquella vieja cueva que era yo. Llevaba una antorcha con algo del fuego de su hoguera en una mano, y con la otra sujetaba la mía . Cogió mis trastos viejos y los apiló en el centro. Los incendió en un abrir y cerrar de ojos, no pude reclamar nada antes de que la llamarada iluminara toda la cueva. Ningún rincón quedó a oscuras. Cuando la hoguera fue lo suficientemente grande, nos acostamos junto a ella. Se disculpó por negarse a que me quedara dentro. Pero entendí que yo necesitaba un lugar solo para mí, al igual que todos ¿Cómo negarme a algo así? Ahora tenía dos sitios donde refugiarme si comenzase a llover.
Aunque a la gente no le importaba entrar, y pasar algo de frío, a mi sí. Aunque la oscuridad no es algo que asuste a todo el mundo, es más algunos la encuentran confortable, a mi comenzaba a parecerme demasiado monótona. Escapé de aquel lugar. Dejé todo allí dentro. Dejé que todo se congelara. Que las humedades crecieran y crecieran. Y que lo que fuera que viviera allí dentro creciera. Me tomé unas vacaciones de mí mismo. Exploré las posibilidades que habían fuera. Como quien acompañado de un agente inmobiliario va mirando casas donde vivir. Fuí explorándoos uno a uno. Muchos estabais tan oscuros como yo. Algunos eráis una pocilga. Otros, es una pena, estabais vacíos. Y no os importaba vivir solo para los demás. Sin tener si quiera un colchón en el suelo cuando os encontrabais a solas. Porque en realidad temíais más que yo quedaros a solas con vosotros mismos. Aún así, entre tanto desastre, también estaban vuestros rincones llenos de música, de arte, de trastos, de recuerdos, de luces y de color. Eráis tan completos que no cabía allí dentro. No sabía tampoco si quería encajar en todo aquello. ¿Era la vida tan repleta algo para mí?
Algunos fuisteis solo lugares de paso. Y lo sabíais, vuestro interior era una estación, un puerto, un aeropuerto. Por allí pasaban personas de todo tipo, para poco tiempo después, partir. Una estación no es lugar para nadie y a la vez lo es para todos. Me sorprendió entre tanta andanza encontrar una hoguera en el camino. Una que a pesar de su modesto tamaño y brillo, era lo suficientemente brillante como para atraer a insectos como yo. Y era lo suficientemente cálida para no llegar a pasar frío nunca. Al lado de la hoguera estaba ella, la dueña de la hoguera. Tarareaba una canción mientras se calentaba las manos. Era solo ella y la hoguera. No había nadie más allí. Ni gente de paso. Ni demasiado cachivache. Habían algunos trastos viejos. ¿Quién no guarda un poco de lastre? Me dije a mí mismo.
Le pregunté que si podía sentarme junto a la hoguera sin hacer mucho ruido. Y ella aceptó con una sonrisa. Cuando reuní el valor suficiente, le pregunté si podía quedarme allí. Le expliqué porqué no podía volver a mí mismo y se negó en rotundo. Pero lo que vino a continuación fue lo que necesitaba y aún así no esperaba habérmelo imaginado nunca.
Caminé con ella hasta aquella vieja cueva que era yo. Llevaba una antorcha con algo del fuego de su hoguera en una mano, y con la otra sujetaba la mía . Cogió mis trastos viejos y los apiló en el centro. Los incendió en un abrir y cerrar de ojos, no pude reclamar nada antes de que la llamarada iluminara toda la cueva. Ningún rincón quedó a oscuras. Cuando la hoguera fue lo suficientemente grande, nos acostamos junto a ella. Se disculpó por negarse a que me quedara dentro. Pero entendí que yo necesitaba un lugar solo para mí, al igual que todos ¿Cómo negarme a algo así? Ahora tenía dos sitios donde refugiarme si comenzase a llover.
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Historias
lunes, 7 de enero de 2013
Driver.
Una vez soñé que despertaba dentro de un coche a toda velocidad. Conducía alguien que no pude ver del todo, y me daba la impresión que no lo hacía demasiado bien, iba sin control, aumentando la velocidad a la vez que daba bandazos. Me sentí aterrorizado al descubrir que aquél vehículo no era otra cosa que mi vida a lo largo de un mal asfaltado camino mientras todos lo perseguían por algo. Desperté de inmediato atemorizado e impotente, el sudor frío me recorría la espalda. Agarré las sábanas como si fueran un volante, las sujete en alto frente a mí, y prometí que no dejaría que nadie dirigiese mi vida, para bien o para mal.
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Solo son vidas
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